martes, 23 de febrero de 2016

#PinarDelRío ‘’Estados Unidos-Cuba: ocho mitos de una confrontación histórica


 ‘’(Segunda Parte)
Durante largo tiempo el conflicto Estados Unidos-Cuba ha sido estudiado por numerosos académicos en el mundo, fundamentalmente de los países implicados. Sin embargo, a pesar de las numerosas investigaciones existentes al respecto, y de las miles de páginas de documentos desclasificados en los propios Estados Unidos, todavía hoy persisten determinados mitos, sustentados en el desconocimiento, la falta de información, los análisis superficiales y la manipulación intencionada con propósitos políticos.

Mito 4: “Fidel Castro ha sido el gran obstáculo para una normalización de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos”.
En cuanto a este criterio, que en acto de injusticia histórica coloca en los hombros de Fidel la responsabilidad del no entendimiento entre ambos países los hechos y documentos históricos señalan otra cosa. Lo cierto es que si ha habido en estos últimos más de 50 años alguien interesado en avanzar hacia un modus vivendi con los Estados Unidos, ha sido Fidel Castro. Cuando se revisa la documentación cubana y estadounidense del período es sorprendente la cantidad de tiempo que el Comandante en Jefe dedicó durante años a recibir y conversar con congresistas y personalidades de la política norteamericana. Si Fidel no hubiera creído que era importante este tipo de encuentros para buscar un mejor entendimiento entre ambos países, no hubiera invertido en ellos ni un minuto de su preciado y limitado tiempo.
Empleando la diplomacia secreta Fidel fue el gestor de numerosas iniciativas de acercamiento entre ambos países. A través del abogado James Donovan, quien negoció con Fidel la liberación de los mercenarios presos a raíz de la invasión de 1961, la periodista Lisa Howard y otras vías, el líder de la Revolución hizo llegar al gobierno de Kennedy una y otra vez su disposición de conversar en busca de un entendimiento. En agosto de 1961 Ernesto Che Guevara trasladó una rama de olivo al gobierno estadounidense en un encuentro que sostuvo en Montevideo con el asesor especial de Kennedy para asuntos latinoamericanos, Richard Goodwin. Es imposible pensar que el Che actuara por su cuenta y no de común acuerdo con el líder cubano. Fidel además envió un mensaje verbal al ya presidente Lyndon Jonhnson a través de la periodista Lisa Howard en 1964, que entre otras cosas decía:…… “Dígale al Presidente (y no puedo subrayar esto con demasiada fuerza) que espero seriamente que Cuba y los Estados Unidos puedan sentarse en su momento en una atmósfera de buena voluntad y de mutuo respeto a negociar nuestras diferencias. Creo que no existen áreas polémicas entre nosotros que no puedan discutirse y solucionarse en un ambiente de comprensión mutua. Pero primero, por supuesto, es necesario analizar nuestras diferencias. Ahora, considero que esta hostilidad entre Cuba y los Estados Unidos es tanto innatural como innecesaria y puede ser eliminada”.
Hasta a un furibundo adversario de la Revolución Cubana como Richard Nixon tendió la mano Fidel de manera confidencial. Los documentos desclasificados en los Estados Unidos muestran que el 11 de marzo de 1969 el embajador suizo en La Habana, Alfred Fischli, luego de haber tenido una entrevista con Fidel, en un encuentro que sostuvo con el secretario de Estado de los Estados Unidos, William P. Rogers, trasladó a este un mensaje no escrito del primer ministro cubano en el que expresaba su voluntad negociadora.
Durante la administración Carter fueron muchas las acciones de Fidel que mostraron su disposición de mejorar las relaciones con los Estados Unidos. En el año 1978, como un gesto unilateral, sin negociarlo con los Estados Unidos, Cuba liberó a miles de presos contrarrevolucionarios, lo cual evidenciaba un deseo de la dirección cubana de reanimar el proceso de normalización de las relaciones entre ambos países, congelado a partir de la entrada de tropas cubanas en Etiopía. “En ese momento –recuerda Robert Pastor-, llegué a la conclusión de que Castro vio esta iniciativa como una manera de tratar de poner las discusiones sobre la normalización de nuevo en marcha. No tenía la menor intención de negociar el papel de Cuba en África a cambio de la normalización, pero tal vez pensó que gestos positivos en los derechos humanos, prioridad de Carter, serían suficientes. No lo eran”.
En el año 1977 Carter había señalado que la clave para avanzar hacia una normalización de las relaciones con Cuba eran los derechos humanos, pero en 1978 evidentemente este tema había quedado desplazado frente al de la presencia militar cubana en África, y las implicaciones de la misma en el marco del enfrentamiento Este-Oeste. Se podrían mencionar otros ejemplos. Pero estos son más que suficientes para demostrar que la postura de Fidel ha sido siempre la de estar en la mejor disposición al diálogo y la negociación con el vecino del Norte. Sin embargo, siempre ha insistido, con sobrada razón y teniendo como respaldo el derecho internacional y un conocimiento profundo de la Historia de Cuba, que este diálogo o negociación sea en condiciones de igualdad y de respeto mutuo, y no persiga que Cuba ceda ni un milímetro de su soberanía o abjure a alguno de sus principios. Esta es hoy la misma postura –aunque con estilo propio- del general-presidente Raúl Castro, así lo ha reafirmado en innumerables discursos e intervenciones públicas.
Por otra parte, como señalan Peter Konbluh y William Leogrande en su más reciente libro,“hay evidencia sustancial de que Castro realmente quería relaciones normales con Washington” y no fueron pocos los momentos en que administraciones estadounidenses prometieron mejores relaciones a cambio de gestos conciliadores de Cuba, para luego incumplir su palabra. “En 1984 Washington insinuó que las concesiones de Cuba en materia de migración conducirían a mejores relaciones y a un diálogo más amplio, y luego renegó de su promesa una vez que se firmó el acuerdo migratorio. En 1988 el Departamento de Estado prometió explícitamente que la cooperación cubana en las negociaciones del Sur de África daría lugar a un diálogo más amplio sobre cuestiones bilaterales, y de nuevo Washington renegó de su palabra. En 1994 Clinton le prometió a Castro que la cooperación de Cuba para poner fin a la crisis de los balseros daría lugar a un diálogo más amplio sobre el embargo. Cuba acabó con el problema, pero Clinton nunca cumplió su promesa”.
Seis semanas después de los anuncios del 17 de diciembre de 2014, Fidel, con la experiencia de haber lidiado con 10 administraciones estadounidenses, ratificó su posición en cuanto a una normalización de las relaciones con los Estados Unidos. “No confío en la política de los Estados Unidos” –dijo-, teniendo suficientes elementos de juicio para hacer ese planteamiento. Pero también expresó que, como principio general, respaldaba“cualquier solución pacífica y negociada a los problemas entre Estados Unidos y los pueblos o cualquier pueblo de América Latina, que no implique la fuerza o el empleo de la fuerza”.
Mito 5: La normalización de las relaciones entre ambos países no se alcanzó durante las administraciones de Gerald Ford y James Carter pues a Fidel le interesó más el papel de Cuba en África que la normalización de las relaciones.
Este enfoque desvirtúa los hechos y, sobre todo, desconoce la estrategia cubana en política exterior de aquellos años y los móviles de su liderazgo histórico. Fidel jamás vinculó ambos temas. Él manejaba el proceso de normalización de las relaciones con los Estados Unidos y el internacionalismo de Cuba en África como cuestiones independientes. Ambas de extraordinaria importancia estratégica para Cuba en el plano internacional. Fueron los Estados Unidos los que establecieron esa conexión funesta. Wayne Smith, quien fuera jefe de la sección de intereses de los Estados Unidos en La Habana durante los dos últimos años del mandato de Carter, lo ha expresado de forma magistral: “Pero el hecho de que Castro no le hubiese dado la espalda al MPLA no representaba una falta de interés en mejorar sus relaciones con los Estados Unidos. De haber sido así, el estímulo brindado por los norteamericanos a las incursiones de las tropas de Zaire y Sudáfrica también hubiese sido un indicio de cinismo de los propósitos del acercamiento de los Estados Unidos hacia Castro. Quizás él así lo pensó, pero optó, en la práctica, por mantener los dos asuntos separados y continuar con el acercamiento, pese al respaldo concedido por los Estados Unidos a las fuerzas que se oponían a los amigos de Castro en Angola”.
Al respecto también señaló hace muchos años el destacado intelectual argentino Juan Gabriel Tokatlian:
“…, lamentablemente Estados Unidos fue el responsable de introducir un elemento perturbador en las relaciones entre ambos países: condicionó las aproximaciones bilaterales a temas y políticas multilaterales, es decir, multilateralizó lo bilateral y bilateralizó lo multilateral. La participación cubana en Angola durante 1975 fue interpretada como un hecho que impedía un entendimiento constructivo entre Cuba y Estados Unidos. Se ubicó este acontecimiento como un factor que inhibía todo acercamiento positivo de las partes. Esto, reiteramos, fue un error lamentable porque colocó el contenido y el sentido del debate bilateral en otra dimensión.
Y la crítica debe caer en Estados Unidos pues no fue Cuba quien esgrimió el argumento de mejorar o no las relaciones de acuerdo a si Estados Unidos apoyaba directamente a los regímenes autoritarios de Haití o Filipinas o armaba encubiertamente a Sudáfrica o intervenía en los conflictos de Medio Oriente”.
Robert Pastor, quien se desempeñó como asistente para América Latina del Consejo de Seguridad Nacional en la época de Carter, comprendió lo fallido de la estrategia estadounidense a la hora de negociar con Cuba y vincular la normalización de las relaciones a la retirada de las tropas cubanas de África y advirtió con gran visión de la perspectiva cubana que ello haría fracasar el proceso de normalización. El 1ro de agosto de 1977, Pastor le escribió al asesor para Asuntos de Seguridad Nacional, Zbignew Brzezisnki: “Hemos considerado el aumento de las actividades de Cuba en África como una señal de interés decreciente por parte de Cuba respecto del mejoramiento de las relaciones con los EE.UU, y Kissinger unió las dos cuestiones –la retirada de Cuba de Angola a fin de lograr mejores relaciones con los EE.UU– solo para fracasar en ambas. Existe una relación entre las dos cuestiones, pero se trata de una relación inversa. Mientras Cuba intenta normalizar relaciones con las principales potencias capitalistas del mundo, Castro también experimenta una necesidad sicológica igualmente fuerte de reafirmar sus credenciales revolucionarias internacionales. No afectaremos el deseo de Castro de influir en los acontecimientos en África tratando de adormecer o detener el proceso de normalización; este es el instrumento equivocado y no tendrá otro efecto que no sea detener el proceso de normalización y descartar la posibilidad de acumulación de influencia suficiente sobre Cuba por parte de los EE.UU, que a la larga pudiera incidir en la toma de decisiones de Castro”.
Recordando este importante memorándum, expresaría muchos años después Robert Pastor: “Mi memorándum no persuadió al gabinete, ni al Presidente. En nuestras conversaciones en Cuernavaca y La Habana, yo seguí la política del gobierno de los Estados Unidos más que la que yo había propuesto. Como nosotros aprendimos, mi análisis era correcto”.
Sostener que la política de Cuba en África era más importante que la normalización de las relaciones con los Estados Unidos y que ello impidió la normalización, parte de un enfoque errado del asunto, al colocarse en la perspectiva de la potencia estadounidense enfrentada a un país pequeño del tercer mundo como Cuba, al cual supuestamente debía interesar más que a los Estados Unidos normalizar las relaciones, aunque fuera al precio de renunciar a sus credenciales revolucionarias en el plano internacional, lo que implicaba un menoscabo de su soberanía.
Una lógica más equilibrada del análisis nos lleva a la conclusión de que fue al gobierno de los Estados Unidos al que le importó más sus intereses geopolíticos enfrentados a la URSS –especialmente en África- que la normalización de las relaciones con la isla caribeña. Fue Estados Unidos el que estableció un nexo entre ambos temas y el orden de prioridad entre ambos asuntos. Cuba manejó su papel en África y el proceso de normalización de las relaciones de manera independiente y su deseo era avanzar en ambos terrenos. No se le podía poner a escoger entre un asunto y el otro. Ese enfoque era sencillamente un “instrumento equivocado” como había advertido Pastor a Brzezinski.
“Tal vez sea idealista de mi parte –expresó Fidel a Peter Tarnoff y Robert Pastor, en conversaciones sostenidas en la Habana en diciembre de 1978-, pero nunca he aceptado las prerrogativas universales de los Estados Unidos. Nunca acepté y nunca aceptaré la existencia de leyes diferentes y reglas diferentes”.
Mito 6: “Cuba se comportó como un satélite de los soviéticos en África y con ello impidió la normalización de las relaciones”.
Sobre este criterio, habría que decir primero, que Cuba jamás subordinó sus objetivos de política exterior a los dictados de la Unión Soviética. Todo lo contrario, en muchas ocasiones la actuación audaz y autónoma de la Isla en el escenario internacional provocó la ira de Moscú. Durante los años 60 no fueron pocos los conflictos con los soviéticos debido al apoyo que Cuba brindó a los movimientos de liberación en América Latina. Un documento elaborado en 1968 por analistas del Departamento de Estado, la CIA, el Consejo de Seguridad Nacional y el departamento de Estado, presidido por el subsecretario de Estado adjunto para Asuntos Interamericanos, Viron P. Vaky, concluía que Fidel no tenía intención de “subordinarse a la disciplina y la dirección soviéticas”, y que había estado “cada vez más en desacuerdo con sus conceptos, estrategias y teorías”.
Sobre la presencia militar cubana en África en los años 70, en sus profundos trabajos sobre el tema, el acucioso investigador italo-estadounidense Piero Gleijeses ha demostrado —teniendo como respaldo una voluminosa documentación de los archivos más disímiles del mundo—, que los cubanos enviaron sus tropas a Angola por iniciativa propia y solo se lo comunicaron después a la Unión Soviética. En el caso de Etiopía, a pesar de que hubo una cooperación estrecha entre los dos gobiernos a lo largo del período que precedió la toma de decisión, los móviles del gobierno cubano para el envío de sus tropas no vinieron de Moscú, sino de la firme convicción de los líderes cubanos en que las medidas sociales y económicas tomadas por la Revolución Etíope eran de las más progresistas que se habían visto en los países subdesarrollados, después del triunfo de la Revolución Cubana, y porque consideraban que la invasión somalí era injustificada y criminal y que había sido alentada por los Estados Unidos.
Hasta el propio Henry Kissinger, quien se aferró por aquellos años a la idea de una Cuba peón de los soviéticos en África, reconoció años después en sus memorias que estaba equivocado: “No podíamos imaginar que actuaría (Castro) en forma tan provocadora, tan lejos de su país a no ser que Moscú lo presionara para pagarle el apoyo militar y económico. Las pruebas hoy disponibles indican que fue lo opuesto”.
También Wayne Smith ha pulverizado el mito de que Cuba constituía un títere de la URSS en África: “Siempre estuvo claro para mí y, todavía lo es, que Cuba no fue un satélite de los soviéticos en África. Tenía sus propios intereses y objetivos. Pienso, por supuesto, que tuvo algunas veces el apoyo de los soviéticos. Brzezinski y el Consejo de Seguridad Nacional parecieron creer que Cuba simplemente estaba siguiendo las órdenes soviéticas. Ellos estaban equivocados”.
Un estudio preparado para Carter por el Comité de Examen de Políticas sobre la presencia soviético-cubana en África, basándose en las observaciones aportadas por un informe realizado de forma coordinada por la CIA (Agencia Central de Inteligencia), la DIA (Agencia de Inteligencia de la Defensa), la NSA (Agencia de Seguridad Nacional) y el INR (Buró de Inteligencia e Investigación del Departamento de Estado), respalda los criterios anteriores:
Cuba no está involucrada en África únicamente, o ni siquiera principalmente debido a sus relaciones con la URSS. Está profundamente comprometida con lograr sus propios objetivos ideológicos y pragmáticos en el continente: la promoción de la Revolución, y el apoyo a regímenes ‘progresistas’, la expansión de su propia influencia política en el Tercer Mundo a expensas de occidente (entiéndase Estados Unidos), y el establecimiento para sí misma de un papel dirigente importante entre naciones en desarrollo.
Luego de leer esta valoración, podría surgir la interrogante acerca del porqué la propaganda impulsada por el gobierno de los Estados Unidos se empeñó en presentar a Cuba como satélite de Moscú en África. No hay dudas, que la Administración Carter, al ver que sus intereses hegemónicos en África peligraban, decidió hacer suyo el mito propagandístico de una Cuba subordinada a los intereses soviéticos en el continente africano, siguiendo una de las recomendaciones de la Agencia Internacional de Comunicaciones de los Estados Unidos, que planteaba la necesidad de “contribuir al descrédito de Cuba como potencia no alineada, haciendo hincapié en su relación de dependencia de la Unión Soviética”. Otra no puede ser la conclusión al percibir el poco caso que le hizo Brzezinski a los análisis y recomendaciones que le hiciera su asistente para América Latina, Robert Pastor. En memorándum fechado el 19 de julio de 1979, Pastor expresó a Brzezinski:
“Yo veo las relaciones cubano-soviéticas, como algo análogo, en cierta medida, a las relaciones de Israel con los Estados Unidos. Casi todo el mundo cree que tenemos una influencia todopoderosa sobre Israel (…) pero en realidad, ellos nos halan más a nosotros que lo que nosotros los empujamos a ellos. De manera similar, supongo que los cubanos empujan y halan a los soviéticos hacia áreas de mayor riesgo, que las que normalmente el viejo liderazgo soviético se hubiera aventurado a pisar. Los cubanos no son marioneta de nadie”.
Poco tiempo después, el 21 de septiembre, Pastor volvería a insistir con su jefe en ese criterio: “Permítaseme sugerir que intentemos usar un término que no sea ‘títere soviético’ para referirnos a los cubanos. La palabra ‘títere’ indica que los cubanos emprenden actividades revolucionarias porque los soviéticos les han dicho que lo hagan. Ese, por supuesto, no es el caso”.
La presentación de Cuba como satélite de los soviéticos no fue más que la desviación intencionada de los motivos de fondo del conflicto -expresados en la contradicción hegemonía versus soberanía-, que le vino muy bien a Washington para establecer su política de hostilidad hacia la Isla. La historia demostró, poco más tarde, que cuando desaparecieron los argumentos utilizados para presentar a Cuba como una amenaza a la “seguridad nacional” de los Estados Unidos, luego de producido el derrumbe del Campo Socialista, el conflicto se mantuvo vivo y el gobierno estadounidense no hizo ni el menor intento por llegar a algún entendimiento con La Habana. Por el contrario, se agudizó la agresividad hacia la Isla, revelándose nuevamente la verdadera esencia de corte bilateral del conflicto y concentrando entonces el foco de su política en la realidad interna de la Isla.
CONTINUARÁ….

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